Si echamos la vista atrás en la
historia e indagamos un poco a cerca del significado de la palabra
cambio, observamos que como concepto, ha sufrido pocas variaciones.
El termino cambio sigue significando
dejar se ser, para
ser otro/a.
El mundo y sus habitantes están en
continuo cambio y nada es lo mismo que hace unos segundos. Tu
mismo/a que lees estas líneas, sin haber cambiado ni de forma ni de
espacio, ni de manera de pensar ni de opinión, ya eres unos segundos
mayor que al inicio de la lectura.
Sin entrar en tierras filosóficas
constatamos que nuestro entorno es modificado continuamente y a su
vez nosotros también lo hacemos.
Si entendemos a la
persona como un ser
en constante interrelación con su ambiente,
con el medio en el que habita y las personas que le rodean, formando
parte de algo mucho mas grande que el mismo, advertimos que las
personas y el ambiente dan y reciben, crean y son creados, cambian y
son cambiados de manera constante y reciproca. Cualquier hecho que
suceda en nuestras vidas modifica todo nuestro entorno y a su vez es
este mismo entorno que produce nuevos cambios en nosotros.
¿Podemos entonces
controlar estos cambios?
Todos aquellos cambios que nosotros
como individuos queramos producir en los demás o en nuestro entorno,
si bien pueden ser inducidos por otros o influenciados por causas
externas a nosotros, serán cambios volitivos, pues es la persona que
decide, piensa, guía, consulta, maneja y controla el cambio que
quiere producir.
Pero cuando el cambio es de
naturaleza extrínseca, es decir, se promueve fuera de nosotros y
acaba por afectarnos, lo único que puede hacer el individuo es
asumir
este cambio y
adaptarse a la nueva situación.
La discapacidad como
cambio
Cuando aparece la discapacidad en la
persona ésta sufre un nuevo cambio en su vida. Muchos de ellos la
describen como un
nacer con facultades
y capacidades distintas de
las que anteriormente habían tenido. Articular estas nuevas
capacidades en la vida cotidiana supone elaborar el duelo de la
perdida de las capacidades antiguas y la aceptación de la nueva
realidad, a través e la aprendizaje de nuevos recursos.
El tiempo que lleva el entender y
aceptar la nueva situación varía de una persona a otra porque todos
somos seres únicos y diferentes y de nuestra complejidad y
características dependerá nuestra elaboración.
Los cambios psico-físicos que deben
asumirse en la discapacidad son grandes. Se pasa de una calidad de
vida a otra, que debe tender a ser tan buena como la anterior y
dotar al ser de la misma independencia de la que antes disfrutaba.
Los profesionales de la salud
acompañamos en el
proceso de independencia a
la persona discapacitada, reeducando hábitos y adaptando su vida
cotidiana para conseguir una vida lo más parecida a la anterior.
Médicos, Terapeutas Ocupacionales, Fisioterapeutas Enfermeros,
Logopedas, etc, vuelven a poner en orden todos los nuevos
acontecimientos físicos sufridos, intentando que la persona recobre
la calidad de salud adecuada para su actual vida diaria. Psicólogos,
Terapeutas, Trabajadores Sociales, etc se encargan de elaborar la
nueva situación con la persona y el mundo particular que le rodea:
la familia, la pareja, los amigos y el trabajo.
Pero esta normalización de la persona
discapacitada, aún acogida y apoyada por el conjunto de
profesionales, familiares, pareja y amigos, no llega a conseguirse
si la persona que padece la discapacidad no lo desea.
La auto aceptación, la comprensión de
su nueva dimensión y el querer vivirla como otro acontecimiento más
en su vida, son procesos que bien pueden ser acompañados, pero deben
partir de manera intrínseca desde
el deseo de
independencia de la persona
afectada.
Sólo el propio afectado es capaz de
decidir si quiere o no relacionarse con su entorno como siempre lo
había hecho asumiendo miedos, barreras y etiquetas impuestas por el
mundo supuestamente “normal”.
Cuando la persona no se siente con
fuerzas o ánimos para desarrollar esta nueva etapa de su vida somos
lo profesionales de la salud mental, aquellos que como labor tenemos
el conectar a la persona con su mundo interior, con su alma, los que
acompañamos a la persona en el camino del cambio, en el proceso
entre el dejar de ser para ser otro nuevo pero no distinto. Sólo si
el discapacitado lo desea el profesional puede trabajar codo a codo
con él, en un transcurso donde ambas partes se implican, para guiar
y ser guiado, para tender y dar la mano. Y de esa unión, de esas
manos entrelazadas y del deseo de la persona de volverse a subir al
carrusel de la vida y formar parte de nuevo del mundo en continuo
movimiento, surge el cambio.