Argentina
discapacidad &
sexualidad; posibilidades para la transformación de un
discurso
autora:
lic. alva maría soledad
Resumen
Que la
sexualidad es un atributo natural de todos los seres humanos
es un hecho innegable, sin embargo muchas veces esto no es
así, principalmente cuando la pensamos junto a la
discapacidad mental. En este punto los discursos de la época
suelen están plagados de mitos y falsas creencias que anulan
y desconocen al sujeto discapacitado en cuanto ser sexuado.
En tanto el sujeto sólo adviene como tal por la presencia de
un otro que lo reconozca y lo nombre la falta de
reconocimiento desde los decires de los otros tendrá siempre
efectos. Sufrimiento mental y malestar parecen ser los
términos más adecuados para pensar estos efectos. Ante esta
realidad como profesionales de la Salud Mental
intervendremos a través de herramientas educativas dirigidas
a modificar las representaciones sociales de la sexualidad
de los discapacitados, como a formar e informar a quienes
sufren para que a través del reconocimiento de sí puedan
transformarse en sujetos activos de su propia existencia.
Teniendo en claro que siempre nuestras intervenciones
estarán guiadas por los principios fundadores del campo de
la Salud mental.
El
vocablo sexus de origen romano es una derivación del vocablo
latino secare que significa “desunir o cortar” (Vidal, G;
Alarcón, R, 1986). Durante siglos sexus hizo solo referencia
a la “condición orgánica masculina o femenina” (Real
Academia Española, 2001). Fue siglos después durante la
Burguesía Victoriana, y paradójicamente, que el término sexo
se difundió ampliamente y conceptos como instinto sexual,
moralidad sexual, acto sexual, etc., se popularizaron en un
discurso cuya meta era instaurar una economía represiva de
la sexualidad, ligándola a una lógica productiva, donde el
resto no tenía nada más que esfumarse y negarse (Foucault,
M.1997).
En la
actualidad cuando nos referimos al sexo o mejor dicho a la
sexualidad humana nos encontramos con un concepto que se ha
ampliado y complejizado, transformándose en una totalidad
con diferentes dimensiones.
Debemos pensar la sexualidad
humana como un sistema complejo con múltiples niveles que
comprende desde el nivel biológico hasta el nivel cultural.
El nivel
biológico del sexo refiere al sexo cromosómico de la célula
germinal que crea el sexo gonadal y este moldea el sexo
morfológico, el endocrino y el neurológico. La dimensión
psicológica del sexo está comprendida, tanto por el bagaje
biológico heredado como también por las experiencias vitales
tempranas del sujeto que lo ubicarán de uno u otro lado de
la sexualidad, como hombre o como mujer. De este modo el
sexo psicológico estaría dado tanto por la conciencia de ser
hombre o mujer, como por la búsqueda del placer erótico del
individuo. Por último el aspecto social del sexo refiere a
la identidad de género, a los comportamientos acordados y
aceptados socialmente para cada uno de los sexos con los
cuales se identifica el individuo desplegando se rol sexual.
Lo
anterior, no sólo tiene la finalidad de exponer los
múltiples niveles de la sexualidad humana, sino
fundamentalmente poner de manifiesto cuan erróneo y limitado
es pensar la sexualidad únicamente como sinónimo de
genitalidad. Tanto la diferencia entre los sexos (femenino –
masculino) como el placer que se obtiene a través del soma
por el contacto con los genitales del otro o el mismo sexo,
son sólo un aspecto de la sexualidad humana.
Desde
1905, cuando Freud amplía el concepto de sexualidad ya no es
posible continuar pensando a la misma sólo en términos de la
pura genitalidad. “En la experiencia y en la teoría
psicoanalítica, la palabra sexualidad no designa so-lamente
las actividades y el placer dependientes del funcionamiento
del aparato genital, sino toda una serie de excitaciones y
de actividades, existentes desde la infancia, que producen
un placer que no puede reducirse a la satisfacción de una
necesidad fisiológica fundamental (respiración, hambre,
función excretora, etc.) y que se encuentran también a
título de componentes en la forma llamada normal del amor
sexual” (J, Laplanche; J.-B. Ponta Lys, 1968). Freud nos
dice de este modo que la sexualidad se encuentra presente
desde el momento del nacimiento, nos habla por ende de una
sexualidad infantil que evoluciona y se transforma
configurándose a lo largo de la historia del individuo,
siendo el punto de llegada del desarrollo, la vida sexual
del adulto llamada normal. El Psicoanálisis le atribuye de
este modo a la sexualidad un papel fundamental tanto en el
desarrollo como en la vida psíquica del ser humano. La
sexualidad es inherente al ser humano desde que nace hasta
que muere, y abarca la totalidad de la persona en sus
aspectos tanto biológicos como psicológicos, sociales y
emocionales. Esto significa mucho más que el aspecto
puramente genital, con el que se suele identificar
equivocadamente. Por lo tanto, no se puede decir que exista
alguien que carezca de sexualidad.
El
interrogante en este punto surge entonces de manera natural,
¿Cómo es posible si pudimos arribar a esta conclusión que
lleguemos a negar tal condición naturalmente humana cuando
nos referimos a las personas con discapacidad mental? Por
otra parte debemos interrogarnos a cerca de cómo estas
creencias, que siempre se manifestarán en la manera en como
nos conducimos con los otros, en la forma en como los
reconocemos y como los tratamos repercuten en la Salud
mental de estos individuos. Cabe también interrogarnos
entonces sobre cuáles son las marcas que estos discursos
dejan en la subjetividad y cuanto de aquello que estos
sujetos padecen es consecuencia de estas sanciones.
Es sabido
que el sujeto sólo adviene como tal a partir de la presencia
de un otro que lo reconozca y lo nombre, para luego poder
advenir a una conciencia de sí. Este hecho determina que la
experiencia de individuación dependa de la función de
reconocimiento y decir del otro sobre sí. Este
reconocimiento al comienzo de la vida provendrá de las
figuras parentales que inscribirán al niño en una trama
familiar, social y cultural. Pero en esta experiencia
también estarán involucrados todos aquellos otros de
nuestros grupos de pertenencia, y de nuestra sociedad, ya
que el proceso de subjetivación que tiene sus momentos
claves en los primeros años de la infancia no cesa nunca de
sostenerse en la relación con el otro (A. Touraine, 1997).
Si la realidad del sujeto se nos presenta entonces de este
modo es imposible pensar sin efectos la falta de
reconocimiento de la dimensión sexual de aquellas personas
que padecen discapacidad mental. ¿Cómo podrá sentirse aquel
al cual se le niegan una parte de sí, al cual se le dice que
lo que siente no es verdadero, que no le pertenece, que no
es bueno, y debe resignarlo?
Las
principales ideas que se sostienen en el discurso colectivo,
en referencia a la sexualidad de las personas con
discapacidad están teñidas de prejuicios y conceptos que no
hacen más que anular al otro en su condición de ser sexuado.
De este modo en el imaginario colectivo el discapacitado
suele aparece como ser asexuado, como un eterno niño sin
intereses ni inquietudes sexuales, como una persona que no
es merecedora de una educación sexual adecuada ya que la
misma no haría más que despertar aspectos difíciles de
contener. Por otra parte en aquellas situaciones en que la
sexualidad es reconocida sólo lo es en su aspecto genital, o
desde la necesidad de identificarla para poder controlarla,
ya que sus características son la violencia, la impulsividad
y el descontrol. Este discurso teñido de mitos, y falsas
creencias no hace más que alejar al sujeto de su natural
condición sexuada, negándole la posibilidad de conocerse, de
enamorarse, de vivir una vida con otro, de poder
comunicarse, compartir, expresarse, y por sobre todo, se lo
priva de la posibilidad de experimentar placer y
satisfacción, en la forma que él encuentre más adecuada a su
persona, ya que la sexualidad y el placer son siempre
experiencias subjetivas.
Podemos
ahora sí introducir las nociones de sufrimiento y malestar
para pensar en los efectos que esta discursividad provoca en
los sujetos. Si escojo es-tos términos es por que ambos
involucran las cuestiones atinentes al ser y la existencia
(E. Galende, 1997). Intento pensar de este modo cómo las
condiciones históricas, las leyes de la cultura, y cómo las
ideologías que circulan a través de los discursos, operando
por medio de la negación y del desconocimiento, conforman
situaciones que conspiran para que los hombres alcancen la
felicidad, provocando sufrimiento y malestar. Intento
mostrar de este modo como se confirma aquí aquello que Freud
plantea en el Malestar en la Cultura. Para Freud el
sufrimiento humano proviene de tres frentes, desde el propio
cuerpo, sujeto a la decadencia y finitud, desde el mundo
exterior, por las fuerzas de la naturaleza que pueden ser
destructoras e implacables, y desde los vínculos con los
otros seres humanos. He aquí una, entre tantas, de las
fuentes del sufrimiento de aquellas personas que en el
vínculo con los otros, y desde sus decires son anuladas y no
reconocidas en su condición sexuada (A. C, Ausberger,).
Cuál es
aquí, nuestra posibilidad de intervención como profesionales
de la Salud Mental, es la pregunta. Debemos desde nuestro
saber implementar estrategias de intervención, que operando
colectivamente, tengan como objetivo un cambio en las
representaciones sociales que se sostienen de las personas
discapacitadas, particularmente de sus aspectos sexuales.
Una de las principales herramientas que aparece para el
abordaje de esta problemática es la implementación de
estrategias educativas, las cuales deberán estar destinadas,
por una parte, a comprender que la condición sexuada no es
patrimonio sólo de aquellos llamados normales, sino
condición natural de todo sujeto, más allá de su supuesta
condición. Por otra parte estas estrategias tendrán que
informar sobre la importancia que el ejercicio de la
sexualidad tiene tanto para el desarrollo como para la salud
de los sujetos. Simultáneamente para poder alcanzar la
eficacia de nuestras intervenciones todo aquel que ha
sufrido y sufre como consecuencia de las discursividades
imperantes, también deberá recibir información y formación
para que desde el propio conocimiento y reconocimiento de
si, pueda volverse un sujeto activo, que pueda buscar,
encontrar y experimentar su sexualidad desde la
participación en las relaciones con su medio social. Pero
más allá de los objetivos particulares aquí citados todas
nuestras estrategias de intervención, si queremos operar
desde el campo de la Salud Mental deberán estar guiadas por
los principios de este campo multidisciplinar. Nuestras
intervenciones tendrán como objetivo prevenir y asistir el
sufrimiento y los padecimientos mentales sin olvidarnos de
su prevención, implementando políticas dirigidas a la
integración social y comunitaria de los individuos
involucrados, inscribiendo nuestras acciones desde los
derechos humanos y la democracia participativa (E. Galende,
1997).
Bibliografía:
1.
Ausberger, A. C. “De la epidemiología psiquiatrita a la
epidemiología en Salud Mental: el sufrimiento psíquico
como categoría clave”Cuadernos Medico Sociales.
2.
Foucault, M. “Historia de la Sexualidad 1: La voluntad de
saber” 2º Ed. Siglo XXI Editores Argentina, 1997.
3.
Galende, E. “De un horizonte incierto” Psicoanálisis y Salud
Mental en la sociedad actual Ed. Paidós, 1997.
4.
Laplanche, J; Pontalis, J. B. “Diccionario de Psicoanálisis”
2º Ed. Labor SA, 1968.
5. Real Academia Española.”
Diccionario de la lengua española” 22º Ed. Espasa Calpe,
2001.
6. Touraine, A “¿Podemos vivir juntos?” El destino
del hombre en la aldea global Ed. Fondo de cultura
económica,
S.A., 1997.
7. Vidal,
G; Alarcón, R. “Psiquiatría” Ed. Medica Panamericana SA
1986.
Trabajo
presentado en IV Congreso Internacional de Derechos Humanos
y Salud Mental, Universidad Madres de Plaza de Mayo.
Lic.
Alva María Soledad