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México

nada le estorba el paso!

Cuando José Grimaldo Colmenero llegó el verano del año pasado a la universidad con bermudas y sandalias, ni él mismo lo creía: algo irremediable le había ocurrido después de participar en competencias paralímpicas. Algo había transformado a este muchacho cuyas piernas son de acero. Estaba dispuesto a no ocultarlas más.

 

“¿Para qué?”, se pregunta ahora.

También, lo reconoce, para ese cambio influyó su estancia en Sudamérica, a donde viajó en 2004 para estudiar un semestre de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Estudiante de la Universidad DeLaSalle Bajío, Juan José egresará en diciembre de su carrera. Viajó gracias al apoyo económico y moral de José Luis Díaz del Castillo, entonces presidente del Club Rotario de León. Del fallecido Nabor Centeno, diputado federal por el PAN, y de Presidencia Municipal de León, con quienes está profundamente agradecido.

Grimaldo, como lo nombran todos y en todas partes, tramitó y obtuvo un viaje de estudios en intercambio estudiantil, a través de su Alma máter para cursar el sexto semestre en la Facultad de Periodismo, y en la de Estética e Historia del Cine en aquella casa de estudios chilena.

Después de pensarlo, planearlo y trabajar para reunir 35 mil pesos que necesitaba para solventar su estancia, voló a Santiago de Chile un 23 de julio a las 7 de la mañana con escalas en El Salvador-San José de Costa Rica-Lima, hasta llegar a su destino.

“Iba con la disposición de aprender mucho, de estudiar (...) nunca había viajado al extranjero y estaba emocionado, nervioso”, confiesa.

Aprendió en la escuela y aprendió en la casa donde vivía con 28 estudiantes de todo el mundo. Aprendió cómo sobrevive un discapacitado en otro país, fuera de casa, lejos de todo.

Andar sin detenerse

Grimaldo se ha rodeado de ‘ángeles de la guarda’. Reconoce que sin ellos el camino recorrido no mediría lo mismo, pues el suyo ha sido uno extenso, más de lo que su discapacidad le hubiera permitido.

En unos días terminará la carrera más larga de su vida: la que ha andado con ayuda de cabeza, corazón y el par de prótesis que le han permitido andar y lo han ocupado tanto que ahora no tiene tiempo para detenerse.

Si alguien conoce la palabra ‘obstáculo’ es él, oriundo de San Luís de la Paz. Cuando tenía un año de vida le amputaron las piernas por padecer una malformación congénita.

Nació el 26 de marzo de 1983 con las piernas deformes de las rodillas hacia abajo, pues en un pie tenía sólo tres dedos y en el otro dos. No tenía los dos dedos gordos. Se mudó a León para someterse a dos intervenciones quirúrgicas con las que se pretendía salvar sus extremidades. Fue inútil.

“Después de las operaciones, les dijeron a mis papás que no había más que hacer, que tenían que cortarme las piernas”, dice Juan José, actualmente es deportista paralímpico.

Grimaldo conserva las fotografías de su fiesta de primer año de vida, cuando aún tenía sus piernas. Es lo único que queda de aquel tiempo de decisión para sus padres Altagracia Colmenero Sánchez y Vicente Grimaldo Posada.

En septiembre de 1984 los Grimaldo Colmenero accedieron a la operación. Eso les cambió la vida.

“Me tomaron fotos con las piernas que tenía”, relata.

Es hermano de Esperanza, Ana, Mónica, Juan, Víctor y Norma Grimaldo Colmenero, por quienes siempre expresa un ‘Gracias, Dios, por haberme dado una familia como la que tengo. Es exquisita mi familia”, dice.

Sus hermanos y sus padres son en efecto las otras ‘piernas’ que lo sostienen.

“Quiero gritarle al mundo que amo a mi familia, que a ellos les debo todo; ellos en silencio me gritaron y me gritan su amor, ellos me soltaron a tiempo, me dejaron volar”, reflexiona.

Para sus padres, Grimaldo sólo tiene agradecimiento y los califica con un 10 por su desempeño.

“Mis padres nos sacaron a todos adelante; lo que no sé es ¿dónde aprendieron? ¿Dónde aprendieron a ser tan fuertes para ayudar a levantarnos? me siento orgulloso de apellidarme Grimaldo Colmenero”, añade.

El mundo visto desde arriba

Grimaldo recuerda momentos clave en los que se detuvo y reflexionó sobre la posición que él tenía frente a la vida.

Reconoce que lloró, explotó, renegó de Dios, por su padecimiento.

“Fue un trance bien chistoso porque yo crezco sin piernas, arrastrándome, ocupando mis manos para asistir a clases. No tenían mis papás para una silla de ruedas, menos para unas prótesis”, relata.

A pesar de todo, en la memoria de Grimaldo permanecen los esfuerzos que hacía para divertirse como todo niño de su edad: subir a los árboles, a las azoteas, jugaba a la ‘trais’, a la reata en la colonia Valle de Señora, donde también estudió la primaria en la escuela Salvador Díaz Mirón.

Fue entonces cuando apareció el maestro Roberto Orozco, al que califica como su ‘padre adoptivo’, pues fue quien le consiguió sus primera prótesis y le enseño a ver el mundo desde arriba.

“Yo amaba mi vida independiente, entonces me ponen dos cosas grandes en lugar de piernas, como dos troncos de árboles, me dicen: ‘camina’ y yo dije no”, comenta.

Para ayudarse, en ese tiempo, Grimaldo consiguió una silla de ruedas, que tenía prohibido utilizar. Debía enseñarse a caminar.

“El profesor me reprendió y me dijo que yo no tenía las prótesis para pasearlas, y se comprometió a pasar por mi a mi casa para llevarme ‘al pasito’ hasta la escuela. Ahí estaba al día siguiente, a las 12 del día. La primera vez duramos como dos horas y (el trayecto) era sólo como una cuadra.

“Llegué ese día muy cansado y hasta sangrando de mi pierna. Entonces el profe me dijo: ‘¿Quién le dijo que esto era bonito?’, ¿Cómo se ve el mundo desde acá arriba?, ¿Qué se siente ver a sus compañeros a los ojos...?’ Ese señor me enseñó a caminar”, reconoce.

Pasó a cuarto grado, luego quinto e incluso en sexto de primaria entendió que ya no podía vivir sin ellas. Necesitaba sus nuevas piernas.

Entender, aprender

Al llegar a la adolescencia, a los 12 o 13 años de edad, Grimaldo ‘se la había creído’. Creía que tenía piernas de verdad y eso estaba bien, eso parece.

“Entré a secundaria y no le dije a nadie que no tenía piernas. Me había convencido de que sí las tenía (pero) luego se me quebró una y José Grimaldo se enfrenta a su realidad: ese día lloré y lloré y lloré”, relata.

El no había entendido. En ese momento supo que no había aceptado no tener piernas. Le tenía rencor a la vida.

Grimaldo reconoce que no fue una confesión sutil la que tuvo que hacer a sus compañeros, quienes lo conocían como una persona ‘completa’. Se trató más bien de un grito al mundo.

“Tuve que gritar que no tenía piernas. Ese día sentí una enorme vergüenza cuando pedí a mis compañeros que me llevaran en la silla de ruedas a la escuela, según yo con una sonrisa, pero por dentro me estaba pudriendo”, añade el ex estudiante de la Secundaria Técnica Número 45.

Invariablemente lo aceptaron, lo apoyaron y apapacharon sus compañeros.

La preparatoria, que cursó en el Complejo Educativo Alfa, también la recuerda como una de las épocas memorables de su vida, cuando viajó en camión.

Reportaje publicado el 14-03-2005

Redacción / DIANA RAMÍREZ GONZÁLEZ
Cortesía Diario:
Periódico AM - México
 

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